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日志


1月1日

Mapas (Rafael Camarasa Bravo) Primera Parte

MAPAS
 
                       (Relato de Rafael Camarasa Bravo)
 
I
 

         Laura no tardó en dormirse. En el lado derecho de la cama, de espaldas a mí, se sumergió en un sueño profundo que identifiqué por su respiración sonora y acompasada. Con la cabecera de respaldo, tapado hasta la cintura y la lamparilla de mi lado encendida, me dispuse a leer un poco como hacía todas las noches.

         Estaba leyendo un libro de cuentos de Chejov, y al abrirlo recordé que la noche anterior había terminado uno que se titulaba El hombre enfundado, donde un amigo cuenta a otro la historia de un tipo despreciable que siempre va envuelto en un abrigo. Busqué el final del relato y comencé a leer el siguiente, pero cuando llevaba sólo unas líneas tuve que dejarlo. La respiración de Laura, que dormía con la boca abierta, me impedía concentrarme en la lectura. Así que dejé el libro abierto en  la mesilla y la zarandeé para que cambiara de posición. Sin llegar a despertarse, se colocó boca arriba y dejó de resoplar. Con un gesto instintivo que no asimilé hasta después de hacerlo, acerqué un dedo a sus labios y se los acaricié. Ella apartó la cara y, tras balbucear unas palabras inconexas, siguió durmiendo. Entonces, con los ojos perdidos en las flores de la colcha, pensé en el pequeño beso de buenas noches que nos habíamos dado.

         No había sido un beso de trueno, de esos que apenas te rozan remueven como una enfermedad los cimientos de tu vida, y tampoco de fuego, de los que se dan en los momentos de pasión intensa y luego no se recuerdan, porque en esos instantes la razón se anula y los sentidos se concentran lejos de los labios que se unen. Sólo había sido un beso minúsculo, distraído, sin importancia. Un beso en el que nuestros labios se juntaron sin llegar a humedecerse y sin formar arrugas en el contorno de nuestras bocas.

         A lo largo de nuestra vida -reflexioné extrañado de no haberlo hecho hasta entonces- nos habríamos dado cientos de besos como aquel en los que nunca había pensado, en cambio esa noche, sin saber qué razón exacta me empujaba a detenerme en lugares donde antes jamás lo hice, reparé en ese acto tan mecánico y simple como acariciarse la oreja o atusarse los cabellos, y me sentí igual que cuando desperté de la operación de apendicitis que había sufrido meses atrás y descubrí, al ver delante de mí su cara en un primer plano, la pequeña cicatriz que lucía sobre su ceja izquierda.

         -Me la hice jugando cuando era niña -me explicó con tono compasivo, convencida de que mi repentino interés por su cicatriz era a causa de la anestesia-. Tranquilízate, acabas de despertar de la operación. Seguro que ya la habías visto, sólo que ahora no te acuerdas.

         Lo cierto es que un miedo que todavía hoy me impresiona se apoderó de mí. Lo primero que veía después de un largo sueño que parecía haber durado siglos era una señal que no había advertido nunca en su rostro y que, según ella, llevaba en él desde antes de que viviéramos juntos. Una vieja herida de guerra que yo miraba con el mismo estupor que si fuera reciente y que, a medida que desaparecían los efectos de los sedantes, se transformaba en una horrible presencia que no podía apartar de mis ojos, convirtiendo la imagen que tenía de ella hasta entonces en un personaje ficticio.

         Durante un rato pensé en todo aquello y luego cogí el libro de la mesilla, pero cuando lo tuve entre las manos y ya nada me impedía leerlo lo arrojé sobre la cama. Antes lo cerré y, pasando mi pulgar por sus hojas, miré cómo se sucedían deprisa los números que las marcaban. Ingenuamente, como alguien que pierde el tiempo un domingo sin ninguna perspectiva, agité las piernas por debajo de las sábanas e hice que el libro saltara de un lado a otro, abriendo y cerrando sus páginas. De una forma previsible que visualicé antes de que sucediera, el libro cayó por un lado y Laura se sobresaltó con el ruido. En el espejo del armario, espectante como un niño después de una travesura, observé que tapada hasta el cuello se movía y volvía a darme la espalda. Sin prestar atención, con la mirada puesta en su reflejo, palpé la mesilla para buscar el interruptor y apagué la lámpara. Sólo cuando esos puntos brillantes que surgen al entrar de repente en la oscuridad se estrellaron contra mis ojos, recuperé la conciencia de mi acto.

 

        

         Con el dedo índice de ambas manos me masajeé las sienes y esperé a que se diluyeran aquellas luces. Parpadeando ante mí como luciérrnagas, remarcados en el fondo negro del cuarto, me recordaron a los faros de coche que veía de niño desde la terraza del edificio donde vivíamos, y a la que muchas noches de sábado subía con mi padre que era aficionado a la Astronomía. Apoyado en la baranda de piedra, mientras él observaba las estrellas, yo miraba a lo lejos cómo los coches entraban en la ciudad por una carretera que se abría entre polígonos industriales y descampados, y que al llegar a la puerta de casa tomaba el nombre de una avenida. La verdad es que esas excursiones que realizábamos esporádicamente en invierno y con más frecuencia al llegar el calor, y que se extendieron desde que tuve catorce años hasta su muerte, recién cumplidos los diecisiete, nos hicieron desarrollar ciertas habilidades inútiles de las que nos sentíamos orgullosos. Yo adquirí la dudosa destreza de adivinar el modelo de los coches sólo por la forma de los faros, y mi padre, con los ojos cerrados, era capaz de señalar la posición de una estrella llamada Arturo -nunca supe por qué precisamente ésa y no otra-, fuera la época del año que fuera.    

         De todas las veces que subimos a la terraza, hubo una que ha quedado especialmente grabada en mi memoria. Era agosto, yo tenía dieciséis años y  mi padre estuvo muy hablador toda la noche. No es que en otras ocasiones permaneciese callado, de hecho solía darme minuciosas explicaciones de todo lo que divisaba en el cielo, pero esta vez fue aún más locuaz que de costumbre. Hasta aquel momento, rodeado de ropa tendida y de antenas, siempre me había hablado de estrellas y puntos cardinales, o de cosas, por ejemplo, como la ancestral costumbre del hombre de relacionar las constelaciones con las formas de la Tierra. Esa noche, aunque en sus palabras aparecieron los astros, un libro sobre el tema e incluso un desconocido cometa, cuyo raro nombre repetí en la cama muchas veces para no olvidarlo, no fueron el centro de lo que dijo.

         -Hoy tienes en los ojos el brillo de Capella -afirmó cogiéndome por el hombro. A menudo atribuía a mis ojos el fulgor de alguna estrella y después me indicaba su posición en el cielo-. Mírala; es la más brillante de la constelación Auriga. El mes que viene la veremos un poco más hacia el Este.

         Cuando me habló, yo ya había comenzado mi particular juego de las adivinaciones. Como siempre, había fijado mis ojos en ese punto en el que terminaban las fábricas y las luces fluorescentes de una gasolinera daban paso a los primeros edificios de la ciudad. La experiencia me decía que era allí donde los faros de los coches dejaban de ser resplandores y comenzaban a adquirir su forma verdadera. Entonces elegía un automóvil, decía en voz alta el modelo y lo seguía con la vista, hasta que estaba lo suficientemente cerca para comprobar si había acertado. Al oír la voz de mi padre me giré, observé la estrella que me indicaba y regresé al horizonte, a la búsqueda de algún coche con el que poner a prueba mi destreza. Él apartó la mano de mi hombro y encendió un cigarrillo. Después arrojó la cerilla y miró hacia donde yo lo hacía.

         -¡Aquel coche que viene hacia aquí es un Seat 1500! -exclamé señalándolo.

         -No -dijo al cabo de unos segundos-. Sí que es un Seat, pero un 124 -añadió desafiante.

         -!Pero qué dices! -repliqué con firmeza- ¿No ves que tiene los faros redondos y que los del 124 son casi cuadrados?

         Mi padre soltó una carcajada. Bien mirado, debía de ser gracioso ver a un niño de dieciséis años convencido de que era el mejor en una especialidad tan absurda como aquélla, y más teniendo en cuenta que por aquel entonces, el año 1976, apenas habría diez o quince modelos de coches en las carreteras españolas. Al fin y al cabo, tampoco era tan difícil distinguir unos de otros.

         -!Veremos quién ríe el último! -dije muy alterado, herido en mi orgullo por su risa.

         -No te enfades -me rodeó con su brazo y me apretó contra él-. Seguro que tienes razón.

         Siguiendo el rastro del coche que se acercaba, y que parecía haber sido creado para probar quién de nosotros era más hábil en tan extraña disciplina, permanecimos unos instantes; justo lo que tardó en llegar a nuestra altura y hacerse visible a la luz de las farolas. Era un coche amarillo y, como yo había vaticinado, un Seat 1500.

         -¿Lo ves? ¡Te lo dije! -grité victorioso, como si aquella insignificancia fuera lo más importante que había ocurrido esa noche en la Tierra.

         Él sonrió y me dio una palmadita en la cara. Yo apoyé mi cabeza en su hombro, un poco avergonzado de la reacción, tan estúpida como natural, que había tenido.

         -¿Sabes que hoy he estado en un entierro? -dijo soltándome y tirando el cigarro.

         -¿Un entierro? -pregunté muy extrañado.

         -Sí. En el entierro de Iríbar. Era un tipo que tenía una librería cerca de la oficina que se llamaba "El Retorno".

         -Iríbar, ¿como el portero del Athletic de Bilbao? -dije abriendo mucho los ojos, atraído por el anecdótico detalle de que se llamara como uno de mis ídolos.

         -Sí, pero era sólo un apodo que yo le puse. Él nunca lo supo -hizo un movimiento y se acodó sobre la baranda-. ¿Me creerás si te digo que no sé cómo se llamaba realmente? Casi todas las tardes, cuando después de comer volvía al despacho, lo encontraba en la puerta de la librería, ocioso por la falta de clientela a esa hora, y siempre me saludaba. Aunque en un par de ocasiones, de forma circunstancial, entablamos conversación, fueron esos encuentros los que hicieron de su presencia algo familiar, algo tan cotidiano como un café que se toma a una hora determinada y sin cuyo sabor te sientes extraño. Así, a través del tiempo, su rostro dejó de ser uno de los muchos con los que te cruzas a diario por la calle, para convertirse en el de una persona que merecía ser nombrada, diferenciada del resto. Si lo piensas, dar a alguien un nombre propio no es un acto hacia él, sino hacia ti, que le estás concediendo, por mínimo que sea, un espacio en tu vida. Eso es lo que hice, y lo tuve fácil. Era alto y delgado, y sus facciones me recordaban mucho a las del famoso portero de fútbol. Es curioso -dijo sonriendo, como si reparara en un detalle que se le hubiera pasado por alto-, pero hablamos dos veces y en ninguna nos presentamos. Ni hoy en el entierro he logrado saber su nombre.

         Yo le escuchaba con los ojos muy abiertos, pero ya no por la misma razón del principio, sino por la mezcla de curiosidad y sorpresa que despertaba en mí aquella historia que, por otra parte, no sabía muy bien a qué venía.

         -Con lo desagradables que son los entierros y a ti no se te ocurre otra cosa que ir al de un extraño –dije, mostrando claramente mi estupor.

         -No era un extraño -dijo con sequedad.

         -Pero si acabas de confesar que no sabes cómo se llamaba y que casi no habías hablado con él.

         -Eso no quiere decir que fuera un extraño... -añadió con la misma sequedad de antes y con cierto aire de misterio.

          A nuestra espalda, la brisa agitó una sábana tendida en un alambre que produjo una especie de chasquido. Instintivamente nos giramos y volvimos a mirar al frente.

         -La primera vez que hablé con él fue hace tres meses -dijo retomando el hilo de su historia-. La librería se encuentra en la  acera de la oficina, unos cinco números antes. Esa tarde, al doblar la esquina, vi que ante la puerta había seis o siete pilas de libros, más o menos de esta altura -levantó la mano hasta el pecho- y a Iríbar que salía cargado con más libros, los dejaba sobre uno de los montones y entraba en la tienda. Al principio pensé que sería porque cerraba el negocio, pero era extraño que no los embalase en cajas y enseguida deseché la idea. Al llegar junto a ellos me detuve y esperé a que saliera. No era difícil darse cuenta de que todos estaban mojados. Poco después, apareció portando otro montón de libros que depositó en el suelo mientras me daba las buenas tardes. Cuando le pregunté qué había pasado, me explicó que la noche anterior estallaron unas cañerías y se le había inundado el almacén. No estaba preocupado por los daños porque el seguro se hacía cargo, pero debía vaciar la trastienda para que se secara. Inmediatamente volvió a entrar, lo que aproveché para dar un vistazo a los libros y ver a autores tan lejanos en el tiempo como Andreiev y Sebastián Almeida, unidos por los fortuitos efectos del agua. Seguramente no los hayas leído, pero algún día deberías hacerlo. Los dos escribían magníficos relatos. Andreiev era ruso y murió en el siglo XIX sin haber publicado nada. Almeida nació en Lisboa a comienzos de este siglo y murió en el cuarenta y tantos, antes de que la obra del ruso fuera rescatada del anonimato y publicada por primera vez a mediados de los años sesenta. Como es obvio, todo esto hace imposible que se leyeran mutuamente. Aún así, sus historias están en sintonía, parecen escritas con idéntico idioma y cuando digo "idioma" no me refiero a las palabras o al lenguaje, sino al aroma que destilan. Por eso me gustó creer que la casualidad que hacía que sus libros estuvieran juntos en aquella pila era un homenaje del destino. En ello estaba pensando cuando salió Iríbar con más ejemplares.

         Se tomó un pequeño respiro y sacó otro cigarro. La brisa seguía soplando y me pidió que me acercara. Se agachó lo justo para apoyar su frente sobre la mía y en el hueco que quedó entre nuestros cuerpos encendió una cerilla. Luego prendió el pitillo y se incorporó, dándole una calada.

         -Sin decir una palabra, los dejó sobre los anteriores y se dirigió a una pila que estaba cerca de la entrada. Como si buscara alguno en concreto, fue señalando con un dedo los libros hasta que se detuvo en uno de tapas rojas. Después cogió los que estaban encima y los traspasó al montón que había comenzado. Finalmente tomó el libro escogido y me lo ofreció. Al ver que no reaccionaba, me lo acercó al pecho para que lo cogiera. "Es un regalo", aclaró viendo mi sorpresa, "a éste no le ha afectado demasiado el agua". Y era verdad. Tenía las tapas húmedas, pero a simple vista parecía que las hojas no estaban mojadas. Se titulaba Astronomía práctica y era de un tal Thomas Ryder. Como comprenderás, yo estaba bastante confuso. No era normal que aquel hombre me hiciera un regalo casi sin conocerme, pero aún era más raro que ese regalo fuera un libro de Astronomía: mi afición preferida. Entrecortadamente, le di las gracias y lo cogí. "Tiene mapas de campo y vienen representadas todas las constelaciones", dijo poniendo énfasis en sus palabras. "Pero, ¿cómo ha sabido usted que me gusta la Astronomía?", y enseguida me di cuenta de lo absurdo de mi pregunta. Él lanzó una risotada y dijo: "¿También es usted aficionado? La casualidad es caprichosa. Simplemente lo he elegido porque a mí me apasiona el tema. Además, he ido a lo seguro porque, ¿a quién no le gustan las estrellas?". Con torpeza, como un muchacho avergonzado por un inesperado cumplido, le di otra vez las gracias, prometiéndole que lo leería. "Le gustará", dijo estrechándome la mano, antes de meterse de nuevo en la tienda. Mientras caminaba a la oficina, recuerdo que, más que en su amabilidad o en el propio libro que acababa de regalarme, pensé en el sorprendente hecho de que, entre más de doscientos libros que había sobre la acera, hubiera escogido precisamente uno de Astronomía, y durante un buen rato estuve dándole vueltas al asunto...

         -También es difícil encontrar a alguien conocido en un estadio de cincuenta mil personas y a nosotros nos ha sucedido, ¿no recuerdas?  -dije, inmerso totalmente en la historia.

         -Sí, pensé en coincidencias de ese tipo y ya no le di más importancia. Como él dijo, el azar es caprichoso.

         -¡Es el que tienes encima de tu escritorio! -dije, de pronto, identificando el libro del que me hablaba con el que había visto miles de veces sobre su mesa y que jamás se me había ocurrido abrir. Y también me acordé de las tapas rojas, y de unas manchas oscuras sobre ellas.

         -En él descubrí que la constelación Auriga tiene forma de lápiz -dijo bromeando.

         -¿Y cuándo hablasteis por segunda vez? -pregunté sin darle tregua, con la ansiedad de un espectador que aguarda el desenlace de una película.

         -Tan sólo hace una semana. Hasta entonces, por raro que te parezca, no habíamos vuelto a hablar. Al día siguiente de aquello,                                                                                                                                                                                             coincidimos en la puerta de la librería y nos saludamos sin hacer ningún comentario. A partir de ahí, todo volvió a ser igual que antes. Cuando nos cruzábamos, uno de los dos lanzaba un saludo que el otro devolvía cortésmente. En ese tiempo pensé muchas veces en detenerme y, utilizando como excusa mi interés por cómo se había resuelto el incidente del agua, charlar con él largo y tendido. Me hubiera gustado comentarle lo que pasó por mi cabeza cuando me regaló el libro de Astronomía y supe que también era aficionado a las estrellas, pero no lo hice. Ni siquiera cuando el martes pasado hablamos por  última vez.

         -Si alguien le hubiera dicho que le quedaban pocos días de vida, no se lo habría creído -dije con tono trascendente.

         Él asintió con la cabeza y continuó su relato.   

 

                                                                         (Continúa en la siguiente entrada)

 
 

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